Tan lejanos han quedado aquellos días en los que correteabas con los chicos del barrio, siestas enteras bajo el abrasador sol de enero, gastando aún más los raídos cascos de una número cinco.
Ojos oscuros, oscurísimos. Y tu andar desgarbado. Pudiste ser cualquiera, pero sos vos, uno de tantos.
Julián, recorrés el mundo, tu mundo, con tu nombre heredado de galán de telenovela. Sólo para vos, el universo - tu universo - circunscripto a las vías del tren. No necesitás mucho más.
Julián, galán por sucesión, conocés las vías como conocerías tu propia casa. Tal vez porque así sea. Lejanas siestas de juegos, tanto como la telenovela que inspiró a la vieja, anciana de veintiocho, que te veía en la cara de ese actor que luchaba por un amor no correspondido en el culebrón de la tarde.
¿Te acordás de Carlitos y El Indio? Los tres eran uno solo. Hoy, sos uno solo. Después de que ellos se fueron y no supiste más de ellos.
O no querés saber.
Porque, Julián, vos sabés que a veces es mejor no saber. Por eso empezaste con la bolsita, porque te ayudaba a no enterarte de nada. Y para ese dolor de mierda. El que te carcomía la panza. Ese que aparecía cuando era mejor acostarse temprano que mirarse las caras en la mesa. Y el frío.
Pero ya eras un tipo de doce, con la experiencia de quien mira la niñez como algo lejano y superado. La calle te llamaba. A encontrarte con los pibes, los únicos que te entendían, los que sabían cómo era todo. No como la vieja esa que te mira con asco, con miedo, de reojo mientras abraza la cartera. Al principio no te molestaba, incluso te divertía ver cómo se les desencajaba el rostro cuando estabas cerca. Pero de a poco fue mutando en odio, creciente -rencor- eso es, un rencor tan grande como tu miseria y su opulencia. Solías mirarlos de lejos, remordiéndote mientras engullían sus desayunos, sus almuerzos. Y te aferrabas a la bolsita, para escapar de todo eso, mientras el niño ya ni era recuerdo.
Y aquella vez que pediste por enésima vez la monedita, y ese cheto te miró de arriba a abajo, con el asco dibujado en ese rostro limpito; habías aspirado más de lo habitual, un junio más frío que el anterior. Y te viste a vos mismo, sacando fuerzas de donde no sabías, mientras le arrancabas la vida a ese cheto maricón que te miraba con desprecio por última vez.
Un celular y diez pesos. ¿Viste? La vida no vale una mierda. La de nadie. No pensaste demasiado en eso, pero esa noche aprendiste a varias cosas, mientras fumabas la resaca de la resaca. Y otra vez a olvidar; la vida se trata de eso, de ir olvidando para poder seguir.
Y hoy cumpliste catorce, pero no se festeja, eso es cosa de los chetos, vos sos un tipo curtido. De odio, miseria y olvido. Por eso a mí no me golpeaste. No dijiste ni una palabra. Te acercaste, simplemente eso; zapatillas, unos pesos y poco más, la firma de nuestro contrato implícito. Unas pocas cosas que te dejarían olvidar, por un rato que yo estoy muerto, y vos te acercás un poco más.
- ¿Por qué justamente hoy?
- ¿Hubieses preferido que fuese mañana?
- Hubiera preferido que no fuera nunca.
Comenzaba cada día de la misma manera. Desahuciado.
Porque su vida había dado un trágico giro ese maldito día en que empezaron a resonar las voces.
Suavemente al principio, un susurro lejano, pero progresivamente más claro. Potente. Resonante.
Ni Satanás y sus generales podrían haber urdido más sádica tortura. A veces gritos, pero más que nada una retahíla de frases incoherentes. Siempre iguales. Siempre igual de macabras.
Pudo distinguir dos voces en la maraña de sonidos que sólo él podía escuchar. Dos voces, dos pensamientos distintos. Distintos entre sí, distintos a los suyos. Mantenía profundas discusiones con ellas, aunque a veces sólo se limitaba a escucharlas. El silencio y la soledad eran ya remotos recuerdos.
Su mundo imaginario, delirios insanos que ahora son su único universo. Voces que hacen eco en su cabeza, voces que no conocen de silencios ni descansos; incesantes en el dictado del libreto de su vida.
Él solo es un simple ejecutor, mandatario de designios superiores, de oscuros deseos, genuflexo a una voluntad ajena.
Lo supo aquella noche, al cobijo de las sombras, cuando se vio a sí mismo abriendo la brecha por donde se escapaba el último aliento de aquel muchacho que debía abatir.
Era su deber, así se le había comunicado. Tan simple, tan puro, todo tiene una razón de ser. Incluso él, incluso las voces.
Aunque intentara callarlas, o eludirlas, aún acosta de las convulsiones con las que las voces le castigaban por tragar las pastillas. Malditas pastillas. No debía tragarlas. Mil veces se lo habían dicho.
Ahora merecía el castigo, lo pagaba perdiendo el control de su cuerpo, retorciéndose. Culpa y castigo.
Sólo cumpliendo sus exigencias lograba acallarlas, sólo un momento, un placentero instante de tranquilidad, sin remordimientos que le atormentaran. Sin sus gritos y amenazas. Sólo paz.
Sangre por tranquilidad, la simpleza de su mundo. Su universo personal, suyo y de las voces. Una y otra vez, trocando vidas por la suya, efímera, cada vez más efímera su satisfacción.
No podría seguir mucho más.
De eso también se dio cuenta solo, el día que repitiendo su ritual descubrio que ya no podía satisfacer el deseo de esos seres que se habían apropiado de su cordura.
Pudo verse a sí mismo, siempre se sentía un espectador de él mismo. Ajeno a sus actos, un director con la lente en su ojo, capturando el instante.
Y así, empuñando la llave de su celda, a pesar de los desgarradores gritos de las voces que se aferraban a los últimos instantes de existencia. Llave brillante de la libertad.
Calibre treinta y ocho, para asegurar la salida.
Y el sonido seco de la vida que le abandona.
Y las voces, ahora más tenues, fade out irreversible.
Y en el último instante, las últimas preguntas…
El día del entierro lo encontró presente. Naturalmente, si había estado en todos los momentos importantes de su vida, ¿cómo no iba a estar en su muerte?
Miraba absorto cómo aquel orificio en la pared de lápidas tragaba el cofre con los restos de quien fuera un verdadero imbécil. La escena le causó gracia, al punto de casi no poder contener la risa. Vos que nunca quisiste vivir hacinado en un edificio de departamentos, al final vas a estar un tiempo metido ahí
Rápidamente ejercitó su gesto más grave, debía recuperar la seriedad y el gesto adusto que la situación imponía.
Al final de cuentas, si no lo lograba no habría muchos testigos para su desliz. Pocos eran los que habían asistido, incluso él mismo se preguntaba si realmente era relevante su presencia allí.
Recordó la vida de quien estaba inerte dentro del cofre. Sólo un tipo mediocre, uno más en millones como él. Alguien que no había logrado trascender de las limitaciones que le imponían su carácter hosco, su mirada crítica hacia todo lo demás por fuera de él mismo y su reticencia a lo social.
Si, verdaderamente había sido un imbécil, siempre lo había pensado y nunca había juntado el coraje necesario para espetárselo en la cara, recriminarle su falta de interés hacia el resto de los mortales, su inmisericorde indiferencia ante el dolor ajeno. Y ahora, en el momento en que las oscuridades de la muerte y del olvido le reclamaban, tan sólo un puñado de personas estaban para presenciarlo.
Nadie derramó una lágrima, ni los amigos a los que descaradamente había echado al olvido, ni siquiera aquella pobre mujer que había decidido honrar sus votos matrimoniales, aún a costa de la miseria constante de la convivencia con un déspota.
Allí, de pie junto al ataúd, lejos de parecer atormentada por el dolor, más bien se la veía iluminada, su rostro, castigado por el tiempo y el sufrimiento, por vez primera lucía radiante. Como en los lejanos años de su juventud, cuando era una joven hermosa, prometedora desde su bagaje de ideas y sueños. El mundo no ofrecía límites para ella.
Hasta su llegada. Todo fue frustración en adelante.
Sólo unas personas más acompañaban el féretro. Desconocidos, seguramente pensando igual que él, como cerciorándose de que realmente estuviese muerto. Impacientes por ver sepultado de una vez por todas a aquel ser despreciable que había extendido su oscura influencia en sus vidas.
Hasta el sacerdote, recitando el rito en latín, un latín más propio de un niño que lucha con las declinaciones en la primaria que de alguien que debe haberlo repetido mil veces, seguramente más preocupado por la inminencia de la tormenta que amenzaba desde el horizonte.
Ya el servicio languidecía, todos los presentes deseando la culminación de las formalidades, para regresar a sus vidas; retomar la cotidianeidad de sus rutinas, en donde aquel hombre jamás había estado presente.
Los vio uno a uno abandonar el lugar, algunos esbozaban las mismas remanidas frases hechas que se estilan para el caso. Otros, ni siquiera eso.
Lo que fue promesa, ahora es certeza, la lluvia a cántaros espantó hasta a los curiosos. Sólo e?, el atúd y un empleado colocando la lápida quedaron en el lugar. Una última mirada antes de retirarse, sintió que al menos debía quedarse hasta que la pesada mole fuera ubicada en su lugar.
El empleado no reparó en él, o si lo hizo no le interesó demasiado, y de su boca manaron las últimas maldiciones al muerto por el descaro de morirse en un día lluvioso…
Una última mirada a la tumba, sólo eso y no volvería jamás. No pudo siquiera terminar el pensamiento, una ráfaga helada corrió por su espalda, la filosa navaja de la verdad. Aquella inscripción, en la sepultura de aquel hombre detestable no era sino su propio nombre.
El horror y la certeza.
A veces reconocemos nuestra propia miseria demasiado tarde.