Necedad y negación
Ξ January 21st, 2008 | → 8 Comments | ∇ Relato |

Fue una noche como cualquier otra. Apenas había posado sus pies en el interior del sombrío departamento. El vaho acumulado de todo un día de verano hacía que el ambiente fuese absolutamente irrespirable.
La morada de un hombre sin hogar, pensó para sí mismo, al contemplar lo espartano de la decoración. No necesitaba demasiado, en realidad, él hacía su vida afuera. Ésto era sólo un lugar para dormir, seguramente más barato que un hotel.
Rápidamente se quitó el traje, pegado en su cuerpo, con los rastros de sudor aún empapando su camisa. Necesitaba un baño, sentirse libre y fresco, aunque en su interior fuese un inconmensurable mar de magma. Una simple grieta sería suficiente para hacerlo estallar.
El contestador repitió su consabido coro: llamadas intrascendentes, cosas del trabajo.
Entonces, el segundo que cambiaría su vida en absoluto.
Una figura, fugaz, esquiva, colándose de soslayo por entre las sombras, para por fin detenerse en un rincón. No emitió sonido, se quedó allí, estática, mirándolo fijamente.
Sólo pudo mirarla por el rabillo del ojo, paralizado por el horror. No se consideraba una persona impresionable, pero siempre hay excepciones.
Una sombra, sólo dos ojos ojos, enormes, penetrantes, observándolo fijamente, sin proferir sonido alguno. Sintió que se clavaban en los suyos, dos dagas perforándolo. Preso del pavor, aunque intentase, las palabras no salían de sus labios. Fue la bestia la que por fin rompió el silencio.
-Soy la respuesta a todas las plegarias, vengo del lugar donde todas las metas son alcanzadas. donde todos los anhelos son satisfechos, todos los interrogantes están resueltos, y hacia allí vas…
La bestia, en un solo movimiento repentino se abalanzó sobre él, inmovilizándolo, ahogando los alaridos con sus garras. -Ahora tu viaje debe comenzar.
Y de repente estaba ahí, sobrevolando el mundo, pero no el que conocía. Un mundo de paz, un mundo perfecto; el horrible ser estaba a su lado. No lucía tan atemorizante. ¿Cuál es tu nombre? apenas pudo balbucear. -Mi nombre no interesa, tengo tantos como pueblos me han nombrado, estoy en todas partes sin que nadie se atreva a decirlo. Lo que importa es que conozcas lo que vengo a obsequiarte…
Vio su propia vida, lo actual y lo futuro, se vio obtener cada uno de sus logros más deseados, uno a uno se fueron cumpliendo todos sus sueños, mientras la horripilante bestia zalamera gritaba estrepitosamente su júbilo fingido. Le aseguró que todo cuanto desease estaría a su alcance, tan sólo de pensarlo y ya estaría concedido. -Ya no volverás a preocuparte por nada, en esta tierra maravillosa todo es tuyo, dijo, al momento que le arrojaba encima todas las riquezas que podía sostener.
-Sólo una condición debes cumplir, sólo una y de tan pequeña no sabrás que lo has hecho, susurraba al tiempo que le envolvía con sus garras - Lo terrenal de esta vida, su agridulce sabor te será ajeno desde ahora. Si deseas el premio, debes renunciar a tu condición humana, debes negar tu naturaleza, tu impulso vital, la esencia de tu ser. Será el renunciamiento la llave que abra todas las puertas. Será tu negación lo que te hará inmortal. Y el precio es bajo, un vida de condicionamientos por una eternidad de placer…
-Te visitaré mañana en la noche, me comunicarás tu decisión, aunque te conozco lo suficiente para ya saberla de antemano. No debes pensar demasiado, nadie ni nada podrá darte más que esto que pongo a tu disposición…
Despertó en su espartano departamento, oscuro y caluroso, creyó haber tenido un mal sueño y nada más. pero pudo observar que los ojos de la criatura estaban allí. Donde mirase, esa bestia maligna estaba. -Debo decidir, repitió para sus adentros, no hay demasiado que pensar. Un mundo donde todo es posible con sólo desearlo, un mundo donde nada me es negado, mis anhelos aún los más retorcidos. No hay demasiado que pensar.
La noche llegó, y tras ellas varias más; cuando el olor nauseabundo del cuerpo que se descomponía alertó a los vecinos decidieron abrir la puerta. Junto al cuerpo del hombre que yacía sin vida, sosteniendo un arma en su mano, se encontraba una nota. Sin demasiadas palabras, sin destinatario específico.
De nada quiero una vida, si esa no es vida, de nada quiero un paraíso donde todo sea posible, donde nada me cueste, donde nada disfrute. De nada serviría desear el amor, porque no lo habría conquistado. No quiero ese paraíso, eso sólo puede ser el infierno.
La bestia se vale de cualquier método para lograr su objetivo. Aunque esa bestia seamos nosotros mismos.
Un hombre sosteniendo el retrato de un niño; un niño sosteniendo el retrato de un hombre con la mirada melancólica. La vida siempre otorga revanchas.
¿Estás bien?
La voz retumbó en el vacío. Sí, todo estaba bien, a pesar de la rara sensación en el cuerpo.
¿Cómo había terminado en ese lugar? Miró atentamente alrededor suyo, o por lo menos lo que podía observar por la incómoda posición en la que se encontraba. Sólo sus manos, una almohada y silencio.
La extraña sensación de no sentir nada, pero a la vez percibir que estaban sobre él.
¿Estás bien?
Nuevamente, se escuchó a sí mismo repetir la frase si, todo perfecto, pero ahí estaba a sabiendas y no de lo que realmente sucedía, sólo comentarios intrascendentes de la persona que sabía que estaba ahí, y que apenas podía ver a través del reflejo de un vidrio. Las manos de ese hombre trabajaban afanosamente en lo que podría ser él, pero no parecía. Debajo de su cintura todo era un enorme vacío. Presión, el gesto del hombre que denotaba el fastidio que le producía la situación.
¿Estás bien?
La insitencia de la pregunta denotaba que algo era preocupante. ¿Por qué insistir si no?
Todo parecía normal entonces, sólo el vacío y frío. La primera sensación de calor se había disipado tan rápido como las palabras del recurrente inquisidor.
Sólo veía sus manos, sin poder más, sólo su propio reflejo en el vidrio de la puerta. El reflejo que mostraba su propio rostro mirándolo fijamente. No pensaba en nada, sólo se dejaba llevar por los pensamientos que invadían su cabeza. Pensamientos que siempre ha llevado consigo, esos mismos que fluían al compás de la música, omnipresente, constante, en una repetición incesante.
Fuga y misterio, ése sería un buen título para su propia existencia, mientas los pensamientos entraban en escena como los instrumentos, repitiendo el mismo compás uno a uno.
La vida de un hombre pasa en un segundo, la de él se resumía en un solo compás.
¿Estás bien?
Ahora la mano de otro hombre se posaba en sus hombros, acentuando la constancia de la interrogación.
Sí, todo en orden, ¿qué más podía decir? ¿cómo adentrar a un extraño en los intrincados procesos de su propia pequeña tragedia?
Todo marchaba siguiendo la misma estructura, como leída de una prolija partitura, mientras seguía hipnotizado por esos ojos que lo observaban desde el reflejo del vidrio. Esos mismos ojos que se prolongaban al infinito mostrando el inexorable paso del tiempo. Tomo ahí conciencia cabal del viaje que había emprendido, adentrándose en el laberinto de su memoria.
Y allí estaban, los rostros del pasado, emergiendo del olvido, imágenes y momentos, música y palabras, todos aquellos que imaginaba barridos por la indiferencia de lo pasado, estaban ahora ahí mismo.
Recordó sus propios inicios, sus primeros dolores y alguna alegría, pero desde un lugar de mero observador. Vió sus idílicos años como un mero observador, mientras el aluvión de recuerdos se abalanzaban sobre él.
Todo esto debe tener un sentido, pensó en sus propios pensamientos, atónito entre las imágines y un bandoneón que rugía desenfrenado.
Y entonces, silencio de nuevo.
¿Estás bien? Porque te noto pálido…
El comentario logró sacarlo de sus cavilaciones, pero sólo por un segundo, el necesario para la mecánica respuesta, tan artificial como la pregunta misma.
Veía gente entrar y salir del lugar, personas sin rostro que se movían frente a él, dentro de él incluso, pero no les daba mayor importancia. De alguna manera quería desvanecer toda esa realidad para volver al reino de sus fantasías.
Y ahí estaba nuevamente, sobrevolando su vida, recibiendo los momentos vividos con la avidez de quien transita un camino por primera vez. Amor, dolor, miedo, alegría, todo entremezclado, como sucede con las personas de carne y hueso, todo sucediéndose sin seguir un patrón, todo fluyendo con la claridad de una vertiente.
Se sentía en un ascenso permanente, pero con la ansiedad que genera la proximidad de la cima. Sólo que después de la cima sólo hay camino para abajo.
Y hacia allí se dirigía, indefectiblemente, hacia el valle… hacia lo llano… de vuelta al tedio.
¿Estás bien? Porque ya hemos terminado… la operación ha sido un éxito…
Prefirió no contestar.
Pater noster, qui es in caelis:
El látigo cruza despiadado. Una, dos, las necesarias. Nada parece ser suficiente, ya no es cuestión de merecerlo, tan sólo sentirlo. Uno tras otro se suceden, siguiendo el macabro ritmo, todo se trata de ritmo.
Cada marca es una herida del alma, ésas duelen y la agonía se polonga, aún cuando cierran las otras. Por eso sigue, el dolor mitiga, el dolor distrae. De esa manera, por dolor, se reconoce con vida, ya de no sentirlo sería un fantasma más. Uno más como los que le atormentan.
sanrificétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut en caelo, et in terra.
Seguir adelante, aunque su cuerpo se retuerza con cada laceración, debe hacerlo. Gotas de esa sangre maldita dibujan estrellas en las húmedas paredes de la celda. Los fantasmas regresan, cruel sadismo que destruye su cerebro. La locura sería la salvación, al menos una excusa. Pero no. Sabe que existen, que esperan pacientes, hábiles estrategas en procura del mejor momento para aplicar su estocada.
Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie
Sólo su dolor le pertenece, nada más en este mundo, elecciones que supo hacer y a las que se debe. Y el ensordecedor sonido rasgando el aire y su carne. Los fantasmas no se alejan, ya el dolor no los espanta. Motivos de sobra para no detenerse. Carga con los espectros de su culpa, no será tan fácil alejarlos. El cuero abriendo surcos sobre donde ya hubo otros, y en cada uno de ellos un alma carcomida por su pasado se trasluce.
et dimitte nobis débita nostra, sicus et nos dimíttimus debitóribus nostris;
Ahora, compelido por el deber, su tortura se acentúa. Se sabe culpable, como juez y verdugo de sí mismo cumple con su pena. Su alma debe limpiarse, aunque en el camino se vaya la vida. Sabe que todos los días serán iguales. Su pasión es su destino. Su pasión fue su perdición. Y lo acepta. No hay opciones ante lo ya consumado.
et ne nos indúcas tentatiónem; sed líbera nos a malo.
Sus fuerzas ya no le acompañan, largo ha sido el martirio, su cuerpo no podrá soportarlo demasiado. Su alma se niega a ceder. Y debe callarla. Con los últimos exhalos del pesado aire escapa el aliento de la vida. Todo debe terminar. Pero no hay luz al final del túnel.
Cae el látigo, ya sus brazos no darán su mortal silbido. Es momento de descansar, aunque para él no hay descanso. Sólo silencio, sólo dolor. Un fantasma más. Una eternidad de dolor no será suficiente para lavar sus errores.
No hay peor pecado que la traición.
No hay peor traición que la de nuestros propios ideales.
Amen.

Ecos en el silencio de la noche. Sólo ecos, rítmicos, monótonos. Como siempre.
Un corazón late con la misma cadencia gris desde que ya no tiene razón de ser. Monótonos, como la vida después de haberla perdido, quién lo hubiera pensado años atrás, días de certezas de una jornada; nada más importaba, sólo el disfrute casi obsceno de cada segundo.
Hasta esa noche.
Llenaba la exuberancia del ambiente los ojos abiertos, como no queriendo perder ni un solo color, ni un solo detalle de esa infinidad que es el mundo. Sólo fue necesario un golpe, casi nada hubiese pensado cualquiera, pero el dolor varía según quién sufre y quién opina. Sólo uno, enérgico, bien asestado, no era necesario que fuese ruidoso y grosero; con uno fue suficiente para borrar en el mismo impacto los últimos esbozos de alegría en su alma. Todo tomaba forma ahora.
Sólo un músculo en su pecho, con su ritmo implacable, pero nada más.
La vida es más que los estertores de un músculo, pero ahora, reducido sólo a eso su mente había usurpado ese lugar, ahora que la razón dominaba su vida toda ella se veía salpicada de una mecanicidad que no se podría concebir de no ser por la ausencia de sentimientos.
Ahora cada movimiento era sólo reflejos, electricidad accionando un cúmulo de nervios y carne. La mirada vacía, intentando no fijarse en nada, como tratando de atravesar todo, completaba el cuadro.
Ya nada era igual; al principio el náufrago se aferra a los restos del barco que se hunde, pero cuando las fuerzas lo abandonan se entrega a su destino. Estaba ocurriendo.
Y así, como siguiendo un mal libreto, sus días transcurrían lánguidos, monocromos. Como los ancianos, se regodeaba en recuerdos deformados, momentos contaminados por el tiempo, que todo idealiza. Su mirada cada vez más esquiva se zambullía en ese mundo ficticio, sólo suyo, hecho a medida, el lugar donde sus sueños vivían y crecían a expensas de su cordura.
Ya la razón cedía, como un baobab incrustándose, avanzaba su locura, inefable, llevándose sus últimos resquicios de vida, arrastrándolo a su existencia ideal.
El mundo ya no fue su lugar, sólo los ecos estaban ahí, recordándole su presencia pero nada más. En su mente, retozando en los brazos de un amor perdido, en fantasías donde protagonizaba heroicas gestas, ahí estaba él.
Entonces, como por un golpe de agua helada, volvió a la realidad. Entre confundido y feliz supo qué debía hacer. Entonces regresó a casa.
Es extraño cómo el tedio puede afectar a algunos. Sólo fueron ocho horas.

Pueblo Gómez es un paradisíaco paraje ubicado en una zona privilegiada. Esto es así porque a pesar de estar a pocos km. de la ciudad capital, conserva aún su espíritu de pequeño poblado, en contacto con la naturaleza y de costumbres de antaño. Estas polaridades son una constante en la vida de los pacíficos gomecinos.
Porque los gomecinos son personas muy especiales, por un lado afables y solidarios, por el otro sumamente desconfiados… sobre todo con la contaminación foránea. Esta contaminación se traduce en la explosión demográfica que carcome los cimientos de la centenaria villa, por esta razón, cualquier recién llegado de la ciudad capital será tratado fría e indolosamente.
El gomecino es en esencia un conservador innato, por eso se resiste a los cambios, por eso se aferra a su estilo de vida lento y sin mayores pretensiones.
Pueblo Gómez es una ciudad ahora, muy a pesar de los denodados intentos de los gomecinos la población ha crecido en forma geométrica. Esto ha traído innumerables inconvenientes a los viejos habitantes del otrora pacífico poblado.
Sin embargo, algunos gomecinos vieron en esto una posibilidad muy interesante para que el nombre de Pueblo Gómez sea conocido en todos los rincones de la republiqueta. Pensaron mucho, largas fueron las noches en las que los creativos gomecinos urdieron planes ambiciosos para conseguir que el pueblito se convierta en un polo turístico (la situación de la republiqueta no era la de antes, ahora las vacaciones debían ser en lugares más accesibles). Pero ¿cómo hacerlo? Pueblo Gómez no contaba con atractivos naturales distintivos, la infraestructura no era la adecuada, para poder lograr que se convirtiera en La Meca del turismo de la empobrecida clase media, debían hacerse profundos cambios en la oferta de atracciones para los potenciales visitantes.
Entonces desde el desvencijado edificio del centro comunal surgió una idea que, sin solucionar los problemas que se habían planteado, podría conseguir la tan anhelada consideración nacional… “¡Señores: Pueblo Gómez apelará a la nostalgia!” dijo el creador de tan desopilante plan… mientras los gomecinos del poder, aplaudían a rabiar: ” ¡Bravo, bravo!” Con esta genialidad digna de la mentada astucia gomecina, se podrían evitar derroches inútiles en obras públicas. Así, en aquel oscuro día lunes se puso en marcha el operativo “Posicionamiento”.
El alcalde de Pueblo Gómez festejaba orgulloso la puesta en marcha del plan, pero necesitaba urgentemente fondos para la imprescindible publicidad… otra idea genial brotó de su fecunda imaginación:
¡Que venga el juego a Pueblo Gómez!
Pueblo Gómez era ahora otra ciudad, una suerte de Atlantic City del subdesarrollo, sus clásicas polaridades eran sumamente latentes ahora. Una ciudad con dos Casinos y ningún hospital. El transporte era calamitoso, pero a los gomecinos les atraían más los turistas con moviliad propia.
De allí en más todo giró en torno a este ambicioso plan. Como forma de apelar a la nostalgia habían conseguido ser la nota de color en varios noticieros de la Gran Capital (¿será verdad que a cambio de un considerable óbolo? Tal vez sean sólo los comentarios de los malintencionados detractores del Alcalde). Por supuesto que la imaginación gomecina no se detenía allí, para lograr que todo cierre, eligieron tomar una actitud retro y ambientar la ciudad como una caricatura de la vida de hace 50 años. Claro, ahora todo tenía sentido, cartelería, espectáculos, ambientación, todo combinando con servicios públicos atrasados 50 años. Los gomecinos tenían cartelería ornamentada según el plan, pero seguían buscando leña para calentar sus casas, sus calles eran de tierra, descuidadas y sin señalizar. Sus avenidas eran una calamidad, pero al Alcalde sólo le interesaban los jugosos ingresos de los casinos y el crecimiento de su plan de turismo.
Pasó el tiempo, y los gomecinos vieron cómo el pueblo iba conociendo los vicios de la ciudad, y ahora recuerdan con nostalgia los días en que todos se conocían y se caminaba seguro en las calles. Pero ahora es una ciudad, con dos casinos y ningún hospital, con prostíbulos y prestamistas, y con los suspiros de los gomecinos más viejos, a quienes de vez en cuando se le cae una lágrima recordando los gloriosos años en que eran intrascendentes.