
¿Cómo será el mundo visto desde una jaula?
La pregunta apareció de la nada. Recordó haberse preguntado eso mismo muchos años atrás, en la inocencia de su temprana niñez, en una calurosa siesta de verano, mirando la dorada prisión del inocente canario. Su destino, sellado desde el principio, había sido la cárcel que lo albergaba. Su canto, lo bello de su trinar, había sido su desgracia; sin juicio, sin delito. Tan sólo condenado por ser bello. La naturaleza cínica de los hombres.
Se lo había preguntado a sí mismo en su infancia, hoy, varios años después, como un déjà vu de su niñez, la pregunta retumbaba en su cabeza. No le dio demasiada importancia, tan sólo era el aburrimiento que le hacía divagar.
En el fondo sabía que había algo más.
Transcurrieron días, varios, chatos, con el sonido de su propia voz de niño y su interrogante. Había descubierto los primeros esbozos del concepto de injusticia, viéndola, apreciándola en aquel pajarito que desconocía la verdadera naturaleza de su miseria. Nada sabía de eso, obstinadamente regalaba a sus carceleros los dulces sonidos de su canto. La vida es así, pensó con su mente contaminada ya por años de iniquidades.
Pero el cinismo no es sólo atributo de los hombres, la dorada jaula, su encierro y esclavitud era todo lo que conocía, tal vez liberarlo, ya con sus instintos sepultados sería entregarlo a una muerte segura. Con los hombres suele suceder lo mismo.
Pensó en sí mismo, recorriendo sus propias vivencias, en el espanto que le produjo aquel primer avistamiento de la crueldad, y en cómo esas primeras sensaciones fueron perdiendo su fuerza a medida que las vio repetirse. Pensó en sí mismo volviéndose insensible, como una defensa ante lo inevitable.
Por donde veía alcanzaba a observar jaulas. Hombres, niños, nadie quedaba fuera. ¿Qué sería de ellos sin las jaulas?
Nunca le convenció la remanida analogía de la vida en la selva. Allí todo es armonía, en perfecto balance, constante tragedia de la vida, cada uno de los elementos que la componen son parte fundamental. Hasta el último de los insectos cumple su rol para asegurar que el andamiaje del ecosistema se mantenga en pie. No pasa lo mismo en el mundo de los hombres. Donde se vapulea sin piedad al otro sin más recompensa que la satisfacción de su sadismo.
Y el mundo, impasible, en su giro permanente.
Jaulas. Los barrotes están ahí, frente a todos. La misma ceguera ante el dolor ajeno impide verlos. Pero están ahí.
Ahora sabe cómo se ve el mundo desde una jaula.
Tomás de Torquemada, su vida y su obra, detrás de las nebulosas de la historia más negra de la humanidad, renace con la fuerza de los fanáticos que hacen inmortal su legado.
Este personaje, más vilipendiado por sus detractores que muchos otros más brutales, se ha convertido en un ícono del Santo Oficio, en su accionar despiadado de tortura y muerte a quienes no compartían su pensamiento.
La figura del Gran Inquisidor renace de las cenizas y se hace fuerte en el sentir y actuar de numerosos grupos de intolerantes que intentan imponernos su fe a fuerza de prepotencia y garrote.
A mediados de año, un grupo, liderado por un sacerdote irrumpieron en la presentación del libro de Alfonso Barbieri, con ilustraciones que consideraron insultantes y profanas. Enarbolando sus creencias relgiosas, utilizándolas como excusa para su accionar barbárico, destruyeron todo el material expuesto, como así también, todo aquello que se interpusiera en el camino. Resultó un lamentable espectáculo observar la impunidad con la que se movieron, quemando, destrozando, tal vez sin saberlo, nó sólo las obras de Barbieri, sino también, los principios fundamentales de las creencias que dicen defender.
No se trata de discernir el carácter artístico de las ilustraciones de Barbieri, este elemento queda absolutamente subyugado a cuestiones puramente subjetivas. Pueden gustar o no, pero bajo ningún punto de vista podemos tomar el poder de censores y establecer qué se puede o no exhibir. No sólo se ha barrido con derechos de carácter constitucional, sino que además, se ha dado un peligroso paso en retroceso a las más oscuras épocas de la historia de los derechos civiles en la Argentina.
Rostros desencajados, actitudes totalmente vandálicas se vieron esa triste noche de junio de 2007 en el Centro Cultural España Córdoba, las mismas, que al amparo de la oscuridad incendiarion en la madrugada del 16 de octubre pasado la puerta de la casa de Barbieri. A raíz de este acto vil y cobarde, el grueso del pueblo nos enteramos de la muestra, próxima a inaugurarse, de artistas locales, entre los que se encuentra Barbieri, bajo el nombre de “Jornadas por la Libertad de Expresión” a desarrollarse en el Pabellón Argentina de la Universidad Nacional de Córdoba.
Más allá de que no haya prosperado la acción de amparo solicitada por un grupo de “ciudadanos católicos” (sic) orientada a impedir la muestra, resulta dolorosamente cierto que la intolerancia, el desprecio por la diversidad, y la inmadurez de nuestra sociedad son una realidad innegable.
En tanto, se desplegará un vasto operativo de seguridad, tendiente a resguardar la integridad de la muestra y de sus asistentes, mientras numerosos afiches prevendrán al visitante de la posiblidad de que lo expuesto pueda dañar su sensibilidad o creencias religiosas.
Desde las sombras de nuestros temores, Torquemada esboza una sonrisa…

Nos debemos a nuestras decisiones. A lo largo de nuestras vidas cada elección determina el rumbo a donde se dirigirá nuestra existencia, cada una de ellas representa ese camino del que ya no nos podremos apartar, aunque a veces se pueda retroceder e incluso salirse de la ruta, pero invariablemente éste dejará su huella indeleble.
Y así, a lo largo del tiempo vemos cómo los ideales ceden a la presión de las obligaciones, cómo los sueños sucumben al peso de la realidad, nuestra realidad autoimpuesta. Cada elección es una celda de la misma cárcel. Vanamente intentamos salir de ellas para descubrir con pavor que no es sino el camino a la próxima, y así sucesiva, incesante, sentimos la contundencia del mazo realista, machacando con fatal vigor sobre los restos enjutos de nuestro espíritu. Inventamos placebos para ocultarlo mientras soñamos con los felices momentos en que el mundo se abría como caleidoscopio de posiblidades, cuando podíamos volar sin medir las consecuencias, hombres libres, de pensamientos creadores y acciones concretas.
Pero la masa arrastra, lentamente nos lleva a su lúgubre guarida y así nos vamos apiñando convirtiéndonos en bestias informes consumistas y conformistas, renunciantes de nuestras cualidades humanas, detractores de quien piensa diferente o al menos piensa, Cerberos para quien se atreve a ser libre.
Somos dueños de nuestros destinos, nuestra existencia nos pertenece, desperdiciamos la fugacidad de nuestras vidas buscando sucedáneos para la felicidad, inventamos dioses y erigimos líderes destruyendo lo único verdadero, tangible: nosotros. La vida es una chispa entre dos oscuridades, fugaz e irremplazable, una vez extinta sólo quedarán nuestros restos corrompiéndose y nuestra esencia disuelta en el universo. Nuestro paso por la vida no debe ser un largo tedio desapasionado en espera de la muerte, siglos de engaños contribuyen a ver nuestra llama extinguirse en la espera de una eternidad a la que nos aferramos con esperanza. Conquistemos los límites de nuestras celdas, no permitamos que la oscuridad de nuestros temores nos oculte el camino.
En esa lucha está la felicidad, es sólo cuestión de elegir el camino adecuado.
Pan y circo. Pero al pan nos lo quitaron. A cambio, entretenimiento enlatado, de sabor simple, fácil de digerir.
Es nuestra realidad. Gradualmente se ha impuesto el modelo prefabricado de entretenimiento, siendo este término lo único medianamente decoroso con el que se puede denominar a la múltiple oferta de material visual que se nos presenta, convenientemente masticada y lista para abotagar los últimos resquicios de capacidad crítica del televidente medio.
Señores, nos imponen basura: decorada para la ocasión con el consabido tufillo kitsch que amerita el evento. Pero a no confundirse, nos bombardean con cifras de audiencias millonarias, entonces, ¡adelante! ¡a consumir basura… millones de moscas no pueden estar equivocadas!
Pueden asumir el formato que sea, que con nuestro pensamiento esclavo y extranjerizante, marca registrada por estos derroteros, seguramente la consideraremos excepcionalmente brillante por derecho de origen.
Así rumiamos obedientemente, confiados en que sólo es entretenimiento pasatista, masticamos mientras nos convencemos que sólo estamos tratando de olvidar nuestros problemas, desconectando el cerebro mientras danzan chabacanamente los monigotes de la pantalla. Por supuesto, será el tema obligado del día siguiente, ¿por qué vamos a perder valioso tiempo quejándonos, pensando, debatiendo, relacionándonos? El tiempo apremia, y ¿para qué restar un instante al obligatorio comentario sobre performances de baile en fruslerías como las elecciones del fin de semana? Por supuesto, erigimos bueyes de oro, nuestros campeones, paladines de la justicia social, desde sus abnegadas almas, que intentan cambiar el mundo mientras se deslizan por el hielo. Porque así es válido, consumimos desechos, pero por una buena causa, la idea de dotar de techo a un asilo nos sirve de justificativo… “yo voto por teléfono, pero porque es por una obra solidaria…” se excusa la señora, después de dilapidar los magros centavos de crédito de ese aparatito que le impusieron, chiquito, redondito, parece mentira que si no es para el voto telefónico, sólo sirve como despertador.
Y mientras nosotros, rumiantes, seguimos masticando pasivamente, se nos va la vida, perdemos las únicas oportunidades de hacer algo importante, no sea que no sepamos a quién se expulsará del programa… nos roban, nos mienten, hacen campaña política, pero nosotros estamos con el cerebro anestesiado.
No sé por qué pierdo tiempo escribiendo esto, en realidad estoy calmando la ansiedad mientras empieza el reality show…. ¿tendré crédito en el celular para votar a mi ídolo?

Se dice habitualmente que la historia no es sino la repetición sistemática y constante de los hechos pasados. Este punto queda demostrado con el resurgimiento de lo más rancio de la derecha (histórica) de la clase media argentina. Triunfos electorales como el de PRO en la ciudad de Buenos Aires son una muestra cabal de ello. Pero ¿cuáles son las razones de este movimiento ascendente?
Sin duda, uno de los motores fundamentales de ello es la paupérrima realidad socioeconómica en la que estamos inmersos, que trae aparejado el absoluto descrédito de las instituciones democráticas y el ascenso de personajes más mediáticos que idealistas, sin propuestas de fondo, más cercanos a la demagogia que a la realidad (vg. el falso ingeniero Blumberg).
Lo realmente preocupante de este gran sector de la sociedad es el mecanismo macabro por el cual, en pos de la apelación de los sentimientos más básicos del ideario de las masas, se llega a consentir el avasallamiento de los más arraigados derechos, con cualquier eufemismo con el que a esto quieran llamar (mano dura, tolerancia cero, etc.). El trémulo accionar del general de la administración del estado, verdaderos actores del descrédito, es un factor que potencia el adveniemiento de estos personajes en las preferencias populares.
Es ese grupo que por el que batallan incansablemente en el tiempos de campaña, para acaparar su voto, un conjunto de electores manso, retrógrado, con coraza progresista, pero que en su interior anhela el despertar de los cuarteles de antaño. Es lo que quedó de la llamada clase media, que muy lejos de lo que alguna vez fue, mira con desprecio cualquier atisbo de política social. Considerando que dentro de la generalidad de la terminología, se abarca con ello a muchas maniobras que lejos de producir un estado de bienestar en la sociedad, son en realidad prebendas para algunos.
Pero atención, no debe esto confundirnos, que las maniobras típicamente oscuras de captación de votantes no ensucien a las instituciones. Erróneamente se fustiga contra el sistema, cuando no es éste, sino sus actores quienes vejan la sociedad. Es en este caldo de cultivo, en el personajes de la más baja estirpe, fenicios de la desgracia de sus conciudadanos se rozan con el poder… ¿Cómo pretender igualdad en la distribución para quien sólo conoce un lado de la historia? ¿Por qué no conseguir gente realmente probo, alguien con capacidad para administrar? Pero comprendiendo las reglas del juego, no pretendamos llevar modelos empresariales al obrar del Estado, en su nombre se han aplicado políticas vergonzosas en nuestro pasado inmediato. No podemos confundir el Estado social como un Estado limosnero, como una permanente usina de subsidios que en nombre de fines elevados, ocultan las maniobras más fraudulentas (manejo de índices de pobreza, desocupación, etc. y sus consecuencias directas).
¿Cómo conjugar posiciones que se juzgan a prori antagónicas, cómo amenizar conceptos de eficiencia y eficacia con el de cumplimiento de las obligaciones exigidas constitucionalmente?
Esto no se trata de repartir bolsones y planes de ocultamiento de desempleo, se trata de políticas serias de promoción, acceso al crédito, garantías legales, un marco de estabilidad REAL, apoyo a Pymes, control tributario… no podemos seguir viviendo de la ilusión agropecuaria, salgamos de una vez por todas de la espiral.

Quiso en destino acomodarme en este sitio. Justamente aquí, tan lejos de mis anhelos, tan cerca de nada.
Justamente de noche, el escenario de mis años mejores. Mi eterno refugio, la soledad de mis noches, solo en presencia de mis ilustres compañeros en el camino de mi temprana juventud. Schopenhauer y Nietzsche supieron abrigarme con el fuego de su pensamiento, alimentando el deseo, expandiéndose en mí irremediablemente. Con el primero fue una comunión inmediata, absorbía sus palabras con una avidez inusitada, sentía mías sus sentencias, proféticas, poderosas. A Nietzsche aprendí a conocerlo, su estilo tanto o más contundente que su maestro, pero con el agregado de su excepcional impronta poética.
Y aquí estoy, con el tiempo a cuestas, en mis desvelos obligados, impuestos por la mano del sistema. No todo es negro. Todavía tengo la música, tengo el pensamiento y mi anhelada soledad. Hoy, después de mucho tiempo recorrí nuevamente el sendero de los grandes pensadores, volví a encontrar el rescoldo de mis ideas. Todo lo demás no importa, este es mi oasis, refugio de la vulgaridad del ambiente, de la exasperante aglutinación de bípedos, al decir de A. S.
Café y cigarrillos, la música envolviendo el ambiente, Wolfgang y Astor desde la inmortalidad, como telón de fondo. Mis últimos resquicios de inconformidad, mi resistencia a la agobiante opresión, mi última mueca de rebeldía. Desde aquí burlo a mi carcelero, no podrá imponerme la resignación con el agobio de la rutina. Desde aquí, mi escape, salida subrepticia, me elevo a la belleza. Los grandes abren sus puertas por un momento, mientras observo desde lo alto, cosmovisión de mi vida, los veo y me repugnan, propagan el opio de las almas perdidas, los embelezan con luces de colores, ellos se dejan llevar y se entregan mansamente a las fauces de la fiera. Sirvo a la bestia, pero no le pertenezco, cree adueñarse de mis noches, pero soy libre, el látigo del capataz no me lastima. He recuperado mi lugar.
Dejo, eso sí, algunos pensamientos del gran Arthur Schopenhauer de su obra Parerga y Paralipómena:
“Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser, más sufre… La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir… Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas.”
“No hay más que tres resortes fundamentales de las acciones humanas, y todos los motivos posibles sólo se relacionan con estos tres resortes. En primer término, el egoísmo, que quiere su propio bien y no tiene límites; después, la perversidad, que quiere el mal ajeno y llega hasta la suma crueldad, y últimamente la conmiseración, que quiere el bien del prójimo y llega hasta la generosidad, la grandeza del alma. Toda acción humana debe referirse a uno de estos 3 móviles, o aun a dos a la vez.”
Soy una persona normal, dentro de lo que se puede llamar el común del ciudadano argentino actual. Es cierto que nos vemos permanentemente avasallados por el ritmo arrollador de los cambios en nuestra sociedad. Pero considero que nos hemos convertidos en meros espectadores del proceso. Permanecemos impávidos ante los cambios, todos ellos nos muestran un mundo nuevo, totalmente distinto de lo que conocimos y para el que no estamos preparados. ¿Por qué conformarnos con este papel? ¿Cómo podemos ser protagonistas de este cambio? ¿Cómo podemos encauzarlo? Estos interrogantes abren la puerta a innumerable más, pero nuestra generación, que ha vivido mayoritariamente en democracia ha perdido el verdadero sentido republicano, el motor generador de ideas y cambios; absolutamente defraudados por los actores, defenestramos el sistema, y lenta y progresivamente nos alejamos del interés social. Sí, nos indignamos con la injusticia, nos molesta, pero ¿qué hacemos con ella?¿qué hacemos por un mundo más justo? Es cierto que muchas de las ideologías han sido bastardeadas por payasos demagogos de ayer y de hoy, pero jamás pudieron contra lo esencial. Pero tampoco lo elevo como una era pasada de idealismo romántico. No perdamos la memoria. Aquellos que hoy se resgan las vestiduras son los mismos que aplaudieron cada uno de los golpes de Estado. Aquellos que hoy reivindicamos como próceres fueron quienes contribuyeron a la decadencia de nuestra actualidad y de nuestro futuro. Saquémonos las caretas, aceptemos el desafío, tomemos las riendas de la historia. Seamos protagonistas del cambio.
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