Sólo así puedo llamarte. Cobarde, si tal vez quisiera ser más preciso.
Sólo alguien perversamente pusilánime puede ser capaz de arrebatar tanto, despojarme de tan valioso tesoro por el simple gozo del sufrimiento ajeno.
Lo supe en aquel momento, cuando noté que había desaparecido. Ya nada será igual, pensé. No podría serlo.
Y de hecho así fue.
Solía en disfrutar de la simpleza de lo rutinario, porque si me piden que lo defina sólo puedo decir eso, de tan simple era necesario poner mucho empeño para encontrarle alguna arista interesante, o al menos algo que justifique tamaño vacío provocado por su ausencia.
Es lo que suele suceder con lo más preciado. Apenas reparamos en su existencia, de tan familiar, suponemos su carácter casi natural, imposible de disociar de nosotros mismos, y su ausencia no es siquiera una posibilidad.
¿Existe acaso la posibilidad de vivir si no respiramos?
Pero no crean que fue algo que se esfumó en un instante. Nada más alejado de la realidad: ladrón artero, silencioso; con la parsimonia de quien se sabe impune, con la necedad ajena como mejor aliado.
El despojo fue así, de a poco, migaja por migaja, tenaz y brutal; sin pausa, sin piedad.
Me encontré un día, o una noche -da lo mismo en realidad- desnudo, solo entre marañas de rostros, rostros sin ojos, ojos que no miran, gente que me rodea y me ignora, beduinos de desiertos propios. Ellos tampoco existen.
Al revisarme a mí mismo, temí lo peor.
Y generalmente esos temores se confirman.
Todo había desaparecido, así de simple, desvaneciéndose como el humo de aquel cigarrillo que apagué por última vez en mi mesa de siempre, como las risas francas de los amigos, como esos ojos oscuros que cerré con un beso.
Como el camello de Baltasar, que se fue y nunca se despidió.
Miserable, ruin, vil. Alguna vez me confesarás por qué lo hiciste, por qué me quitaste todo.
La traición es tan inherente al ser humano como su capacidad de razonar: algunos la ejercitan más que otros.
Tan arraigada en lo más profundo de nuestro ser que es una de las pocas cualidades comunes a quienes habitamos este mundo: Y así como algunas de estas características son injustamente valoradas como positivas, es la traición la que carga el yugo de su incomprendido valor negativo.
¿Cómo considerar vil algo que emana de lo más profundo de la esencia humana? Y en contrapartida ¿cómo considerar virtud un acto tan contra natura como la lealtad a cualquier precio?
Y en esto cabe una distinción fundamental: es la dualidad la que le entrega signifacado a los actos. No podemos traicionar si no hemos sido leales. ¿Qué mayor prueba de lealtades pasadas que las traiciones actuales?
Y aunque esa consideración oscura que se le impone provoque vergüenza, traicionamos y somos traicionados constantemente: la amistad más pura, el amor más profundo y los sentimientos más nobles se nutren de la savia activa y viva de la traición. Traicionamos y nos encontramos frente a constantes encrucijadas, y he aquí el motor de nuestros actos: la lealtad exige engaños, el andamiaje que sostiene la fidelidad se construye con embustes. Pero la beatificación de la fidelidad excluye per se los medios de los que se vale.
Concluída la obra, se derrumban los andamios.
Y es la fidelidad siempre la consecuencia de un valor superior. Se es fiel por amor, amistad, temor u odio, pero jamás se amará por fidelidad. Y así como ser leal importa una negación: la de atentar contra los propios deseos, la ambición, los sentimientos más hondos; la traición es liberadora, nos proyecta como seres soberanos, sobre nuestros impulsos, sobre nuestros anhelos.
El amor puede surgir de la traición.
¿Qué mayor acto de amor que el de la propia redención? Cuánta frustración, dolor, en definitiva ¿cuánta negación de la vida en pos del valor positivo de la lealtad? ¿Cuánto más negaremos nuestra esencia?
La vida se digiere mejor si sólo tiene dos sabores, y se nos enseña que el ser obtuso allana el camino de nuestra existencia. Entonces, por arbitrio de morales caducas juzgamos positiva o negativamente, como si la realidad no fuese un constante devenir entre ambos valores. Lo positivo necesita de lo negativo para serlo, como lo dulce a lo amargo.
Si ser fieles a nosotros mismos, si plantarse frente al universo reclamando nuestra individualidad, implica traicionar a quienes nos impiden lograrlo. Pues a hacerlo.
La verdadera esencia de la lealtad es traicionar todo aquello que nos impida ser fieles a quien debemos serlo en primera instancia: nosotros mismos. De no hacerlo negaríamos el carácter inseparable de ambos, sólo daríamos razón a quienes juzgan.
Traición y lealtad. Indisolubles, inseparables. La dualidad de la vida.
“…¿Quién se rebela, quién se subleva? Raramente los esclavos, pero casi siempre el opresor convertido en esclavo…”
E. M. Cioran, Historia y Utopía.
Jamás conocí a nadie a quien no le enerven las imposiciones. Aún aquellos a quienes su naturaleza pusilánime acalle cualquier tipo de manifestación. Aún ellos, en el más recóndito refugio de su pensamiento, reniega de ello. Acaso el inconformismo sea nuestra virtud, el gran rasgo distintivo de nuestra especie, tal vez lo único que nos diferencie del resto de los seres con quienes convivimos.
Sin embargo, el motor de todos nuestros progresos, aún con la carga negativa que el propio andamiaje moral que levantamos para justificarnos ante nosotros mismos, continúa siendo el causante del vilipendio de quien ose enarbolar su bandera.
Arquitectos imperfectos de nuestra propia historia, el temor siempre impidió quitar los puntales ya finalizada la obra. Creamos dioses y no supimos matarlos.
¿Cómo sucedio? Renunciamos a la savia vital del crecimiento, a denostar el statu quo. La pusilanimidad como valor esencial.
Aceptamos con resignación, incluso con obsecuente complicidad, la potente voz que mana del fusil. Aceptada y festejada.
La historia de un pueblo, su mutación a simples bestias exudantes de mansedumbre. Porque se puede ser un simple cordero desde el pensamiento, rumiando ideas ajenas, masticando y haciendo de ese bolo ideal el percutor de sus actos. Hasta el idealista más acérrimo, actor de revoluciones, no es más que una mera bestia de presa si su bagaje ideológico no es suyo; esto es, meditado, entendido, aprendido y aprehendido en lo más interno de su ser. El mundo está lleno de ellos, y mal que nos pese son la masa. Pecunia nervus belli, reza el adagio latino, y he allí el motor que mueve a la sociedad. Es por ello que se debe ser en extremo cauto, que el fervor no nos convierta en autómatas, crear pensamiento propio y no ser adoctrinado. Libertad y esclavitud. Tan simple y tan complejo. Sólo así dejaremos de ser sólo uno más, uno de tantos eternos rumiantes de papel.
Y sólo cuando podamos ser artífices de nuestra rebelión personal, al mirar la realidad, analizar la historia y preyectar el futuro con mirada propia, sólo allí conoceremos la libertad.
Pirro de Epiro, rey y general; a la sazón, mortal enemigo del expansionismo de la fulgurante República de Roma. Cuentan las crónicas que al mando de un inmenso ejército, conformado por más de 20.000 hombres, derrotó en dos oportunidades a las poderosas escuadras romanas. Lo particular de tales victorias no se da en la derrota de tan temible enemigo, sino porque en cada una de esas contiendas Pirro sacrificó gran parte de sus guerreros. Luego de la batalla de Ásculo, y al ver sus hordas diezmadas, Pirro exclamó: “¡Otra victoria como esta y estaré vencido!”. De allí, el término victoria pírrica alude a aquellas situaciones en las que se consigue un resultado favorable, pero a costa de un altísimo precio.
Desde aquel lejano día, cuando tus piernas temblorosas aprendieron a soportar el peso de tu cuerpo y empezaron a moverte al ritmo frenético de los desesperados, sabías quién eras. Recuerdo haber visto expresión en tu rostro, transitando la cornisa entre la servil obsecuencia y el temor sin atenuantes.
Supe de tus primeros pasos, también de tus tropiezos, esos que provocaban las gotas de mar que surcaban tus mejillas. esas que teñian nubes tormentosas en tus ojos. Recuerdo haberte mirado con un dejo de piedad.
O algo así.
Los torpes inicios, tu fingida inocencia, soportando los embates de quienes se regodeaban de tu pesadumbre; todo aquello: los temores del día, los sollozos de la noche y su monocorde cadencia, tu única compañía. Zôon politikón, más temprano que tarde aprendiste las reglas, la doctrina de la farsa y sus normas implícitas. Y le diste forma a su complejo entramado.
Tal vez no supe adivinar que debajo de la falsa candidez, asomaban las impiadosas fauces de la bestia, agazapada, en constante espera del mal paso.
De víctima a victimario.
Quizá sólo fuiste fiel a tus instintos, tal vez la intriga sea parte de tu naturaleza.
Como respirar. Como mentir.
Y ahora puedo verlo, desde la noche en que el destino quiso prestarte su mano. Cuando por fin tuviste el enemigo a tu merced. Y aquel que se consideraba invencible, cayó pesadamente, inevitable final. Y tu derrota mutó a victoria.
Así, en el momento en que empezaban a redoblar los tambores del enemigo y tu final podía verse en el horizonte, decidiste que era el momento.
Tu revelación. No más engaños. Y todos deberemos pagar.
Sólo un detalle, nimio tal vez, pero una pequeña mancha de tu impecable triunfo. No reparaste en él, y aún hoy no creo que puedas verlo. El precio que pagaste fue demasiado caro. ¿Cómo resistirse al néctar del triunfo y la venganza?
No se si estaré para verlo, de hacerlo, te observaré desde este mismo lugar. Si para cambiar necesito ofrendar dignidad y valores, prefiero el estancamiento. El hastío a la corrupción.
No todo está a la venta. La integridad no es fungible.
Pirro de Epiro, con sólo una fracción de su otrora poderoso ejército, sufrío derrotas contra Roma y Esparta, por lo que debió huir hacia Argos, donde murió por las heridas causadas por una teja lanzada desde los techos de una casa.
…Y Pandora corrió, gritándoles a los hombres que en el fondo del ánfora aún quedaba la Esperanza…
¿Sabría acaso Pandora de las consecuencias funestas que acarrearía su curiosidad?
Seguramente no.
Porque de saberlo no hubiese mirado con buenos ojos aquel último de los males que permaneció en el fondo del ánfora. La esperanza, sobrevaluada, exaltada como virtud.
El último de los males de la caja de Pandora.
Esperanza, se han cantado loas en tu honor, mostrándote como uno de los rasgos más sobresalientes de la humanidad. Desde los albores del desarrollo del hombre, has sido entronizada como la panacea de todos los males, el último refugio de los desesperados, concediéndoles la vaga idea de que sus noches tornarán a días en un futuro indefinido.
Cara y ceca, tu noble virtud esconde su faz oscura.
Porque detrás del supuesto milagro que entraña su adoración, existe latente, vigorosa, su lado negro: la negación.
Porque la esperanza conlleva necesariamente la negación: de la realidad, de lo tangible, de lo perceptible, transponiéndolo a una dimensión etérea, indefinida, vaga, de magias y supercherías.
Esperanzas de vida eterna, forma de negar la muerte de soslayo; y negar la muerte es, en definitiva, negar la vida. Inseparables, la dualidad necesaria para que exista el fenómeno de la vida humana: saber que el destino innegable, irrefutable e insoslayable es la muerte.
Vivimos existencias monótonas y vacías, en la esperanza de una eternidad de placeres, despreciamos la vida real, por una remota, por una idea, en el mejor de los casos.
El Paraíso es la esperanza de los creyentes, a los agnósticos sólo puede reconfortarles la idea de que, en definitiva, podrán decidir cuándo poner fin a su dolor.
Caminamos ciegos el sendero de nuestra efímera chispa, creyendo que de alguna manera, en algún momento, la luz nos deslumbrará. Pero no estamos ciegos, sólo vendas cubren nuestros ojos, la tragedia del remedio que sólo causó más dolor.
Cada uno hallará la forma de sobrellevarlo, decidirá, por imperio de las fuerzas que lo muevan, y transitarán vendados los escollos del camino.
O no.
Amos y señores de nuestros destinos, y de cómo habremos de sortear los obstáculos, en definitiva, la última virtud que esconde el ánfora.
Y en el Olimpo de nuestras almas, resuenan las últimas carcajadas de los dioses olvidados…
El video es una versión del tango “Yira Yira” de Enrique Santos Discépolo, uno de los compositores más admirados por mí, por la contundencia, el realismo y la actualidad de las letras de sus tangos, escritos hace casi cien años. Esta versión, a cargo de Javier Calamaro, fue elegida no por ser la mejor, sino como una muestra de lo dicho anteriormente. Muchos términos están en lunfardo, por lo que si no se entiende bien, leer la letra.
A lo largo de nuestra existencia, en el camino que hemos decidido llevar, se nos presentan innumerables encrucijadas. Cada una de ellas, depararán para nosotros opciones que serán, como todas, excluyentes.
Es así, y teniendo en cuenta esto es que me encuentro frente al cruce; este camino, el que empecé mediando el año pasado, cuando inicié esta maravillosa empresa, que tantas satisfacciones me ha regalado. Anteriormente he tocado estos temas, es por ello y para no pecar de reiterativo, no voy a explayarme en demasía respecto al carácter excluyente de las decisiones y sobre sus implicancias en todos nuestros actos futuros y en la percepción que de ellos tengamos.
Lo cierto, y el motivo que me lleva a este inusual post, es que a partir de este momento he decidido hacer un cambio en este blog, al menos en cuanto a su localización. Por diversos motivos, esto se dilató en el tiempo, y aunque no creo que esté del todo listo, creo que es el momento de hacerlo.
A partir de este post (publicado paralelamente en los dos blogs) será esta la página principal, por supuesto, subsistirá el acostumbrado (con su trabalenguas de nombre) blog con el que me inicié.
Espero seguir contando con las visitas de aquellos que me han impulsado hasta el momento, todos sus comentarios son valorados, siempre considerados y en buena parte, han sido el aliento necesario para atravesar los múltiples escollos que se presentan en lo rutinario.
Confío en que sepan disculpar alguna desprolijidad, todo está en proceso de formación, hasta que eventualmente (y espero que sea en el futuro cercano) redunde en más practicidad para la lectura y para acceder a los posts.
Es así que me encuentro frente a la bifurcación del camino, frente a mí, en las brumas de lo desconocido, ante el primer paso en el virgen terreno que he de transitar en adelante. Comienza el segundo acto…
Las candilejas arrojan sus primeras luces, tenues, casi renuentes a iluminar la representación de la tragedia de una vida que comienza. Inicia sus primeros actos, el proscenio de nuestra existencia, desde el principio bajo un implacable guión de macabro autor. Aquel sin rostro, aquel que pocos se atreven a contrariar. Seguimos mansamente el papel que nos vino en suerte personificar, por oscuro designio, por fatal inacción, la que nos mantiene impasibles sin cesar a lo largo de nuestra efímera terrenalidad, a las órdenes del libreto que se espera que sigamos. Comienza la comedia. Portamos el disfraz, afianzándonos, acostumbrándonos a llevarlo, un condenado resignado a su yugo. Es parte de la comedia, risa por llanto, burlas por sollozos. En nuestro interior, el alma libre pugnando por emerger, sepultada por montañas de convencionalismos. Los actos transcurren sin cesar, como los años que se agotan, uno a uno, irremediablemente y en cada acto seguido obsecuentemente, una oportunidad más de abandonar la obra escurriéndose por entre las manos. Ocultamos nuestros sentimientos, callamos el grito de la rebeldía del espíritu, nos adentramos en las oscuras aguas del desolador tedio, siendo espectadores de nuestra propia tragedia, en paciente espera del telón que cierre la farsa. ¡Ríe Payaso, y todos aplaudirán! Cruel estigma de quienes visten sus ropas, los que ocultan su dolor tras el blanco maquillaje, el trágico rol del payaso, preso de su disfraz, riendo cuando llora por dentro. Y así será, cuando por fin el telón caiga, que no encontraremos con la realidad del escenario, con la falsedad de la escenografía, simples fachadas, magistral concepción del engaño. La redención del espíritu, salvación del Payaso, es romper con el libreto, permitirnos la libertad de improvisar, salir del papel que se espera representemos. Por fin, cuando las candilejas se apaguen, cuando no exista público al que deleitar, en la oscuridad del foro vacío, sólo sobrevivirá la obra única e irrepetible del payaso que se atrevió a mostrar sus lágrimas.
La commedia é finita!
El video es el fragmento final del primer acto de “I Pagliacci” de RuggieroLeoncavallo, interpretado por Pavarotti, a modo de homenaje a uno de los artistas contemporáneos que más contribuyó a la difusión de los clásicos de la música. Mal que le pese a muchos elitistas…
Soñé con la soledad. Como se sueña con años de amarguras idealizadas por el tiempo. Y en esos sueños, extrañando una figura que jamás ví, esperando el momento, bestia voraz de deseo insatisfecho, deseando lo que jamás se tuvo. Un sueño que consumió una vida, una vida en infinita espera de ser vivida, eterno círculo de dolor, alimentándose a cada segundo de la savia vital de la juventud sepultada. Un día apareciste, con tu sueter verde y tu mirada esquiva. No fue necesario que dijeras nada, sabía quién eras. Y tu perfume inundó mi alma, reviviendo a su paso un corazón reseco de soledad y frustración. Llegaste para sanar mis heridas, y tal vez no supe darme cuenta. Y aún así estuviste. La dulzura de tus ojos, tu solapada inocencia y el desparpajo de tu amor por la vida. Conocí la sonrisa, el calor, tu cercanía en mi pecho y el cigarrillo compartido. Tus manos fueron las mías, entrelazándonos en uno solo, guiándome por senderos desconocidos. Tirano de los silencios, como mudos tu sollozos; y el fulgor de tu alma, impasible, a pesar de mí. Siete años pasaron, de bonanzas y tormentas, y un milagro proyectándonos. Y en mis silencios, en mis noches esquivas, pobres palabras, pobre consuelo de necio. Y tarde, como siempre.
Recuerdo haberte soñado de mil formas, tu perfume, el timbre de tu voz. Casi podría decir que te reconocería en el momento que nuestros caminos se cruzaran por primera vez. Durante años anidaste en mis deseos más profundos, ocupando cada rincón en mis pensamientos. Entraste en mis visiones subrepticiamente, escurriéndote por entre los rincones de mis juveniles fantasías. Te construí como se construye un castillo en la arena, te fui dando forma, creando el dulce sonido de la voz que jamás escuché, imaginé tus ojos y ya no existió mayor pureza, la suavidad de tu piel, y el escozor de su cercanía. Hasta te doté de un espíritu y cobraste vida, creciendo, sintiendo, amando. Tu corazón latió junto al mío al unísono de una sinfonía que jamás podrá ejecutarse. Nos elevamos y fuimos sólo uno. Por años te esperé, a cada segundo imaginé verte en mil rostros desconocidos. Te busqué y en la búsqueda se me fue la vida. Mis juveniles fantasías ya no son juveniles, y el tiempo, el mismo que me cubrió con su blanco manto, me dijo que tal vez no te conocía. Tal vez fuiste uno de los rostros que olvidé. Nunca podré saberlo. Y en el minuto final, cuando todos los misterios dejen de serlo, sabré que siempre estuviste conmigo.
No por remanido menos necesario. Una evaluación, pausa y reflexión de lo que dejó este año. Es imposible resumir todo lo acontecido en una sola frase. Es tal el espectro de situaciones, sensaciones y vivencias que harían esta empresa un verdadero imposible. Me queda si, la reafirmación de pensamientos, una forma de encarar la vida. Tal vez sea un camino plagado de escollos, pero en mi interior, mantengo la satisfacción de la firmeza de lo que pienso. Han sido innumerables, penosas y difíciles, pero con la coherencia como principio rector, al menos es un consuelo. Quiero ser claro en este punto: no me interesa ser políticamente correcto. Sólo debo fidelidad a los principios que me mantinen en pie. Ud. que está leyendo esto, tal vez haya sido testigo de lo que puede llamarse una visión oscura de la vida. Mi visión: mi vida. No quiero disimularlo, las cosas que me molestan me molestan en serio y aquellas que me producen alegría trato de disfrutarlas de la mejor manera posible. Tal vez sea una verdad de Perogrullo, pero por acción de muchísimos factores son pocas las veces en que este principio puede ser puesto en práctica. Convencionalismos, creencias, carencias entre otras, nos quitan la posiblidad de regalarnos a nosotros mismos el tesoro de la coherencia. La necesaria correlación entre sentir y actuar, creer y defender esa postura, el precioso sentimiento de la fidelidad a nuestro verdadero sentir. Y en el proceso, a veces debemos toparnos con la indiferencia, el rechazo y la incomprensión, pero son precios demasiado bajos para amedrentarnos, en tanto nos quede la satisfacción de la lucha. Porque es este proceso la verdadera esencia de nuestro legado al mundo. No podemos caer en la ilusión de que todo pueda ser cumplido, que todo cuanto deseamos pueda ser posible. Hacerlo, nos condena a constantes desilusiones, frustraciones que no hacen sino dejarnos a merced de embusteros que nos ofrecen soluciones eternas. Ha sido este, un año de matices claroscuros, como suelen serlo todos, pero ha sido en suma importante, porque me permitió adentrarme en este intrincado mundo de la manifestación escrita de mis pensamientos. Discutir si es bueno o no, si sirve de algo o no, me excede absolutamente. No me compete a mí hacerlo, dejo a cada uno de Uds. tal valoración. Sin embargo, a través de este medio he podido conocer algunas personas de quienes no puedo ocultar mi admiración. Creo que ya lo saben los aludidos, por los que voy ahorrar(les) la lisonja. Las mutaciones en la dirección que tomó este humilde blog, (humilde por diversas razones: ya verán que no existe el menor alarde de talento en el diseño, por no contar con una inmensa cantidad de visitas, etc.) son las mismas que acompañan estados de ánimo, o por qué no, las que siguen a la dinámica de las ideas. El pensamiento no debería ser estático, siempre debe estar en movimiento, agazapado en procura de una dirección a seguir. Así lo siento. Es por ello que decidí en su momento desechar algunos tópicos y encaminarme hacia otros, tanto como decidí una forma de publicar. Espero que sepan disculpar erratas involuntarias, todo lo que se publica se hace “en caliente”, esto es, sin revisiones y tal como sale, como una forma de evitar que se pierda lo espontáneo. Algunas saldrán mejores que otras, pero prefiero eso a tener que cercenar lo que pienso en el momento que publico un post. Para concluir, mi sincero agradecimiento a quienes comentan (fundamentalmente), son una parte necesaria y el combustible necesario para seguir con esto. A los visitantes ocasionales, a quienes llegar sin querer o por equivocación, mis agradecimientos también, puesto que de esta manera he podido descubrir a personas de honda sensibilidad, sumamente talentosas y que me han permitido conocer lo valioso de sus ideas, aunque a alguna de ellas haya llegado accidentalmente. Espero poder publicar más seguido, a veces se complica, y no puedo darle a este espacio todo el tiempo que quisiera, pero con el inicio del nuevo año espero tener disponer de los momentos necesarios. A todos: a quienes regresan a menudo, a quien lo hace ocasionalmente, por error o descuido. A quienes me otorgan el regalo de sus comentarios, a quienes no lo hacen: los insto a descubrir lo maravilloso de la retroalimentación de ideas. A todos: muchas gracias y felicidades.